Me siento pequeña cuando me ven por dentro, aunque me vista de gigante.
Indefensa, insegura, vulnerable... En pelotas.
Me siento pequeña cuando las pupilas enemigas me ametrallan con balas de venganza.
Me siento fustigada por las pestañas que son los látigos de los cobardes.
No soy más que remiendos de los asaltos de la vida. Frágil. Sometida a una montaña rusa de emociones. Las costuras empiezan a ceder y probablemente vuelva a romperme en mil pedazos. De los golpes se aprende, dicen. Sí, a saber que la felicidad es un lujo de pocos, que la rabia es universal y el dolor infinito.
El silencio empapa las sábanas. Me escondo debajo de la cama a ver si el monstruo aparece. A estas alturas hasta su mirada me parece inocente.
Una lluvia de piedras bombardeó mi camino sin contemplaciones. Y aquí estoy. Buscando entre los baúles mi disfraz de gigante para que nadie sospeche que sigo siendo muy pequeña.
