Son esos momentos los
que te lanzan al vacío sin paracaídas. Momentos de “contigos hasta el fin
del mundo”. De presentarme a tus monstruos y aprender a convivir con ellos. De
encajar respiraciones mientras nuestros nombres retumban en las paredes de la
habitación. De enfados que duran lo mismo que una parada de metro. De batallas
resueltas con besos. De centímetros que nos separan y se nos hacen
interminables. De silencios que dicen más que cualquier afirmación. De promesas
firmadas con saliva. Como un viaje a Islandia, o "no te vayas, no
se que haré sin ti tantos días”.
Que contigo no me hacen falta ni Ámsterdam, ni Roma ni
París. Contigo me sirve una cama, tomarte de las manos y guiarte donde jamás
hayas viajado. Ida sin retorno. Deshacernos a besos, aprendernos el sabor de
nuestros nombres. No se como he acabado en un laberinto en el que la única
salida es tu boca.
Ahora que el resto del mundo resbala y solo tus colmillos me
agarran. Ahora que te sabes mis ruinas de memoria. Ahora que me das vértigo
solo de mirarte. Ahora que he visto tu infierno a través de tus ojos.
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